DÍA 1. La elección.

Pensé que no sucedería, pero sí, he sido seleccionada. Cuando llamaron a mi puerta no sabía qué ocurría: ¿cómo puede ser que tres personas trajeadas, una de ellas con uniforme militar, se presentaran de repente en mi casa sin pinta de querer venderme algo? Les observé unos segundos por la mirilla. Casi no les abro, pero un impulso, de no sé muy bien dónde, hizo que cuando quise darme cuenta les estaba ofreciendo asiento en mi salón.

No les pregunté su nombre, ni por qué estaban delante de mí. Ellos parecía que sí sabían mi nombre -lógicamente, mi dirección- y más de mi vida que yo misma. Comenzaron comentando que, como ya sabemos, todo está en la Nube -eso ya encendió mi interés y decidí que los iba a escuchar, ¿todo, todo, está en la nube?-, también nuestras vidas, gustos, costumbres y pensamientos. A ellos solo les bastaba eso para saber quiénes eran los indicados. ¿Indicados para qué?

No es que sea un portento de las matemáticas, ni una deportista de élite, ni quien siempre gana al Trivial. Solo soy curiosa y, al parecer -por lo que ellos me han dicho-, tengo una mente abierta y una gran capacidad de adaptación al medio y a cualquier tipo de circunstancia. Ahora tendré más cuidado con lo que hago y digo: no sabes quién puede estar viendo o escuchando.

El caso es que estas tres personas resultaron ser un general del CNI, un ingeniero aeroespacial y, sorpresa para mí, un medievalista. Eso sí que no lo ponen en las películas.

Querían conocer si estaría interesada en dejar mi trabajo, mi familia, mi vida, para formar parte de un proyecto único del que solo podría saber más si era considerada para el puesto. Claro está, antes de contarme esto firmé un contrato de confidencialidad y, ahora que voy a formar parte de ello, imagino que blindarán mi conocimiento sobre el tema.

Fue la entrevista de trabajo más aburrida, pero a la vez más intrigante de mi vida. Y, lo mejor de todo, prácticamente no abrí la boca. No hacía falta, me conocían mejor que yo misma.

Cuando terminaron de hacerme un resumen sobre la situación mundial actual, el concepto de la Historia y que las personas que estaban conociendo eran personas sin unas características o formación concretas, se callaron y, a la vez, se quedaron mirándome fijamente. ¿Después de todo aquello, mientras mi cabeza inventaba historias de aventuras a un ritmo vertiginoso, qué querían que dijera? No hizo falta. Ellos se encargaron de facilitarme el camino:

 -¿Por qué no ha preguntado quiénes éramos y nos ha dejado pasar?

– Intuición. Además, les estuve observando por la mirilla –el día era oscuro y aproveché para que no se notara el cambio de luz-  antes de abrir para ver cómo se comportaban sin que supieran que estaba allí. Me pareció que, o eran muy buenos actores o esa naturalidad era real.

– Gracias por su respuesta. Otra cosa, tampoco ha preguntado nada acerca de tener que romper con su actual vida.

– ¿Tan importante es su proyecto como para tomarme eso en serio?

– Tal vez.

– Tendría que pensarlo, pero no creo que sea para tanto. ¿Acaso me van a aislar del mundo en un búnker o algo así? ¿Quieren seleccionarme para un posible Apocalipsis? ¿Quieren que participe en un proyecto para viajar a un nuevo planeta que está a varios de años luz de distancia?

– No, no es para tanto –dijo el militar, que era quien llevaba la voz cantante en esta suerte de monólogo. Al historiador se le escapó una sonrisa mientras se levantaba y ataba su chaqueta, eso fue lo que consiguió intranquilizarme ante aquella situación tan surrealista.

– Bueno –traté de sonreír yo también, lo más natural posible, después del escalofrío que me recorrió la espalda a continuación-, si no es para tanto, seguro que llegaríamos a un término medio.

– ¿Usted cree? Muchas gracias por su atención –dijo el historiador, ya de nuevo con su rostro impertérrito mientras, me estrechaban la mano, ya junto a la puerta.

– A ustedes.

Y así quedó todo. Cada día tenía una teoría nueva y cada día me iba más lejos y a situaciones más descabelladas. Al cabo de un par de semanas, dejé de pensar en ello y seguí con mi rutina.

Cuando ya pensaba que cualquier día me vería a mí misma en televisión formando parte involuntaria de un programa de cámara oculta, recibí una llamada de un número no revelado.

 -¿Diga?

– Al parecer, sí que podríamos llegar a un término medio.

 -¿Qué?

 – Prepare una maleta para un par de días, mañana al mediodía pasarán a recogerla. Bienvenida a Proyecto Tempvs.

– Así, ¿sin más?

– No, a partir de ahora, tendrá un nombre en clave que le llegará hoy en un correo certificado. Deshágase de ello después de leerlo. Que pase un buen día.

– Eh… ¿gracias?

(comunicando)

Me senté en el sofá al darme cuenta de que me había puesto de pie de la tensión. ¿Nombre en clave? ¿Proyecto Tempvs? ¿Dónde me he metido? Mejor dicho, ¿¡dónde me han metido!?

El timbre y la famosa carta certificada me sacaron de mis pensamientos unos diez minutos más tarde. Ya tengo nombre en clave, como los agentes secretos.

Desde ahora soy el Sujeto Cero.

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