DÍA 2 (II): La llegada

El hombre del CNI tenía razón: a pesar de poner toda mi fuerza de voluntad, no fui capaz de aguantar más de diez minutos despierta. Ni siquiera había soñado: fue un pestañeo de un vuelo de duración. Cuando desperté, el avión estaba preparándose para aterrizar sobre una pista de aterrizaje tan pequeña que parecía una carretera de servicio. ¿Dónde diablos estoy?

– Vaya, ya ha despertado, póngase su identificación, por favor. ¿Necesita unos minutos antes de bajar? –dijo el hombre del CNI.

– No, gracias –“mentira podrida: no sé dónde estoy, qué hora es, ni dónde tengo los pies porque están dormidos, para volver a centrarme necesitaría más que eso”-, pero sí que necesitaría un café o un té bien cargado si fuera posible.

– Por supuesto, en cuanto descendamos podrá tomar lo que quiera.

Cogí la sudadera que había traído conmigo, como pude, guardé la compostura de mis pies dormidos y avancé lentamente. Elegí un mal día para callarme las cosas.

Al salir, sentí el cambio de temperatura respecto a la que había dejado en Cantabria: más caluroso y seco, pero esto no era Barajas, ni Cuatro Vientos, ni Torrejón de Ardoz. Decían que íbamos a Madrid, pero estamos en mitad de la nada, como para saber si es tan siquiera España. La mujer rubia, que era tan sigilosa como un fantasma, se había situado a mi lado sin darme cuenta en mi camino por aquella pista durante mis elucubraciones, y me señaló un pequeño edificio.

– Tenemos que ir allí, podrá tomar su café y despejarse un poco.

Asentí.

Cuando llegamos, una cafetera, un par de mesas y unas tazas estaban en el centro de una estancia a caballo entre la recepción de un hotel y el mostrador de un aeropuerto. El lugar no era muy grande y no parecía que tuviese actividad a menudo. De repente, reparé que de algún lado había aparecido el medievalista y se acercaba a nosotros. Otra vez esa sonrisa inquietante como aquel que está apunto de gastarte una broma y no sabe disimular.

Sin mediar palabra –los vuelos me dejan un poco aturdida, a decir verdad-, me dirigí a la cafetera y me serví un café con un poco de leche y mucha azúcar. Ellos hicieron lo mismo, respetando mi silencio y dejándome espacio y tiempo para poder ordenar mi cabeza y tomarme mi café. Tampoco hablaron entre ellos.

Decidí hablar yo.

– Esto no parece Madrid, ni un aeropuerto, ¿dónde estoy?

– Eso no es del todo correcto, se lo explicaré: sí está en Madrid, en la Comunidad de Madrid, y esto… FUE un aeropuerto, bueno, algo parecido: un aeródromo del bando republicano durante la Guerra Civil. Estamos en Campo Real –dijo el medievalista.

– No lo conozco.

– Poca gente lo conoce, de hecho, intentamos que la gente que viene a inspeccionar ruinas de la Guerra Civil no pase por aquí. Tampoco a quienes fisgan si finalmente la Comunidad ha comenzado las obras del aeropuerto de mercancías que anunciaron en 2007. No es tarea fácil, por cierto…

– Pero estas instalaciones sí son nuevas.

– Efectivamente, lo hemos modificado un poco para nuestros asuntos. Digamos que aprovechamos lo de 2007 para ponernos nosotros.

– Y ahora, síganos –habló ahora el hombre del CNI-. ¿tiene su identificación? Ah, sí, perfecto. Bien, ahora, coja una de sus llaves, la pequeña, vamos a entrar.

Nos levantamos y caminamos hacia lo que parecía la parte trasera del mostrador y que, al acercarme, se convirtió en una enorme puerta de acero blindado. Esa puerta abriría un nuevo mundo para mí.

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