DÍA 3 (IV): Tercera planta

 

Parecía mentira que pensara que no iba a descansar. Nada más tumbarme caí en un profundo sueño. Cuando llamaron a la puerta desperté tan de golpe que creí que solo habían pasado 5 o 10 minutos.

Aunque esperaba encontrarme con Clara al otro lado de la puerta, quien estaba frente a mí era una mujer de piel morena y pelo muy rizado que me sacaba una cabeza de altura. Pertenecía al equipo de Doc y se presentó como Susan. En un principio me pareció tan seria como Clara, pero rápidamente comenzó a preguntarme por la experiencia de formar parte de Proyecto Tempvs con gran entusiasmo.

Mientras esperábamos el ascensor- al parecer, llegaría al límite de los pisos que tenía autorizados a visitar- le pregunté si era su nombre real. Craso error, Susan era muy fan de Asimov y cogió su nombre en clave de uno de los personajes recurrentes de los relatos de Yo, Robot: Susan Calvin. Después de resumirme todas las historias en las que sale Susan, me dijo que también coincide con un personaje de Doctor Who. Creo que mi cara de sorpresa fue un poema, porque no me hizo falta preguntar: después de hacer un alegato apasionado sobre la capacidad predictiva de la serie de los años 60, me contó, una vez ofrecidos todos los capítulos en DVD para que los viera, que Susan es uno de los personajes iniciales de la serie, nada menos que la nieta del primer Doctor. Ahora sí que voy a tener que verla.

Ese ascensor, o iba muy lento, o estaba en una planta desconocida casi llegando a la superficie atravesando toda la Tierra. Finalmente llegó, y bajamos a la planta tercera.

Allí, Susan me indicó una habitación para que dejara elementos electrónicos (¡pero si no puedo tener ni mi teléfono móvil aquí!), las llaves y las zapatillas, ya que, dentro de una taquilla que allí había podía dejar todo esto y recoger otro calzado más adecuado. Para eso era la tercera llave, que, lógicamente, sí podía llevar conmigo. Al verla de nuevo, me di cuenta de que era de titanio. ¿Por qué titanio y no aluminio, por ejemplo? El calzado era completamente de caucho, como unos pies de gato para la escalada, pero diseñados para agarrar bien al sueño de aquella planta, muy diferente al de las otras. Este era de una piedra gris oscuro, muy pulida, casi daba miedo pisar.

Cuando estuve preparada, Susan me llevó por un pasillo de paredes y techos blancos, como si fueran de un hospital, cuya sensación de pureza hacía aún más contraste en el suelo negruzco. Al fondo, se encontraba una puerta metálica -¿otra vez titanio?- que, con mi propia llave pude abrir. Ante mí apareció una tétrica sala de paredes, mesas y sillas metálicas y el mismo suelo de aquella planta, todo iluminado con una lúgubre lámpara LED en el techo y, sentado en una de las sillas, un hombre de pelo negro y barba que me miraba fijamente con unos ojos verdes que parecían emanar luz. El hombre sonrió, se levantó hacia mí, me dio un abrazo como si no hubiera visto a un ser humano en meses, y me dijo:

–    Bienvenida, Sujeto Cero, por fin conozco a mi paisana.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s